palabras moribundas

Aquí tenéis un pequeño resumen de un gran libro que ha sido publicado hace unos días.

Es un excelente trabajo de campo, en el que sus dos autores han recogido un montón de palabras con los diferentes usos que se les dan en diferentes pueblos, ciudades… sirviéndose del testimonio de muchos “escuchantes” del programa de RNE “No es un día cualquiera”, que presenta Pepa Fernández, los fines de semana desde las 9h-12h. Espero que os guste el libro y que os aficionéis a escuhar el programa de radio.

Sinopsis:

¿Qué es una palabra moribunda? Una palabra que está a punto de morir. Un término al borde del desuso, un vocablo que ha caído en el olvido. Sin embargo, cada una de estas voces permanece en la memoria de los hablantes. Sus acepciones pertenecen a contextos cotidianos pero sus orígenes son de lo más variopinto. Hay palabras viajeras, que han atravesado océanos, hay expresiones nacidas en el cine, hay fórmulas recientes y modernas rápidamente relegadas.. La iniciativa surge del programa de RNE No es un día cualquiera en el que, a través de la ayuda de los oyentes, se pescan palabras moribundas para conocer así sus orígenes y contextos, y concederles, por lo menos, un último aliento.

Palabras moribundas

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Las palabras moribundas tienen un poder evocador que lleva hacia nuestra memoria el recuerdo de personas queridas que ya no están, épocas de nuestra vida que pasaron, utensilios perdidos, tareas superadas, antiguas modas divertidas.

Este libro puede ser una especie de álbum de fotos familiares para muchos lectores que algún día utilizaron términos como chipén, pasquín, pickup, chiticalla, romadizo, almazuela, córcholis, mandil, encetar, garrotillo, mancar… o elepé o tomavistas. Pasaron por nuestras bocas y nuestros oídos, pero ¿cuánto tiempo hace que usted no oye, lee o pronuncia la palaba desgalichado?

Leyendo estos vocablos y recordando sus usos aparecerán de nuevo muchas imágenes que no sospechábamos tan lejanas; y tal vez lamentemos que sus ecos se estén perdiendo. Lo que pretende este libro es que esas palabras no mueran, y que al menos revivan en la memoria de miles de lectores.

Ficha técnica

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Colección:

Taurus Pensamiento

Páginas:

392

Publicación:

02/11/2011

Formato:

15 x 24

Encuadernación:

Rústica

Precio:

20,00 €

ISBN:

9788430608348

EAN:

9788430608348

Resumen de la Jornada VII del Decamerón.

RESUMEN DE LA JORNADA VII DE “EL DECAMERÓN

Con el relato de Emilia, comienza la jornada presidida por Dioneo y dedicada a las burlas que las mujeres realizan sobre sus maridos.

1. GIANNI LOTTERINGHI Y EL FANTASMA (Emilia). El regreso inesperado de un marido arruina la velada que la esposa tenía preparada para con su amante. Cuando éste se presenta y llama a la puerta, la mujer convence al marido de que los golpes los provoca un fantasma y, para conjurarlo, recita en voz alta lo que en realidad son las instrucciones para que el astuto galán vaya al patio y se coma la cena que ella le tenía preparada.

2. LA VENTA DEL TONEL (Filóstrato). Al ser sorprendida en casa por la llegada del marido cuando está con su amante, la napolitana Peronella simula que el mozo es un comprador de una gran tinaja que tienen. Siguiendo la corriente, el amante dice que la tinaja no está lo suficientemente limpia y el marido se mete dentro a limpiarla. Y mientras está frotando, el amante monta a Peronella, que lo celebra al tiempo que da instrucciones al marido para que siga limpiando.

3. EL CONJURO DE LOS GUSANOS (Elissa) Un fraile enamorado de una casada ahuyenta los últimos escrúpulos de ésta por el hecho de ser padrino de su hijo, o sea, casi hermano de ella, razonando que “si vuestro marido, que es más pariente de vuestro hijo que yo, se acuesta con vos, yo que lo soy menos podré hacer lo mismo o más”.

4. LA PIEDRA DEL POZO (Lauretta). Tras comprobar que viene de casa de su amante, Tofano impide la entrada en casa de su esposa Ghita. Ella le ruega y finalmente amenaza con echarse a un pozo si no abre, pero lo que hace es arrojar una pieza a las aguas para que crea que se ha tirado y luego hace creer al vecindario que el infiel es él.

5. EL CELOSO CONFESOR (Fiammetta). Un marido toma el lugar del confesor de la mujer y ésta, que se da cuenta de quién es, le dice que todas las noches recibe la visita de un cura. El marido pasa entonces las noches en la puerta esperando al ficticio cura mientras ella hace entrar por otro lugar a su verdadero amante.

6. LOS TRES HOMBRES DE ISABELLA (Pampinea). Cuando Isabella está acostada con su joven amante, aparece un antipático pretendiente y, para que no se ponga agresivo, le hace pasar a la alcoba mientras esconde al primero. Llega entonces de manera inesperada el marido e Isabella salva la situación diciendo al pretendiente que finja que está persiguiendo a alguien. Así lo hace delante del marido. Cuando se va, la mujer saca a su amante y éste finge que se ha tenido que refugiar allí para librarse del furioso ataque del otro. El marido se lo cree todo.

7. CORNUDO Y APALEADO (Filomena). El joven Ludovico entra en la alcoba de la dama Beatrice, tal como ambos habían planeado, pero encuentra que el marido está acostado al lado de ella, dormido. La dama le agarra la mano para que no escape y dice al marido que Ludovico ha tenido esa tarde la desfachatez de citarla para esa misma noche en el patio. El marido baja a comprobarlo y los amantes aprovechan para solazarse. Luego, siguiendo las instrucciones de Beatrice, Ludovico va al encuentro de su amo y le da una somanta de palos simulando que cree que se trata de Beatrice y llamándole mujer infiel e indecente. Así, aunque cornudo sin saberlo y además apaleado, el hombre se muestra satisfecho de tener un criado y una esposa tan ejemplares.

8. EL HILO DE SISMONDA (Neífile). El rico pero plebeyo Arriguccio descubre que su noble mujer Sismonda duerme con un hilo de bramante atado al pie. Siguiendo el hilo, el descubre que le sirve para comunicarse con su amante e inicia una pelea con éste en la oscuridad, aunque el joven se escapa y la mujer se las arregla para que todos le crean borracho.

9. EL ARBOL ENCANTADO (Pánfilo). Sin saber cómo burlar la vigilancia del marido, una mujer se pone de acuerdo con su amante para que simule que al subirse en un peral se ve lo que no ocurre. Y aprovechan el momento en que el marido se sube en él para solazarse delante de él y decir luego que es

producto del encantamiento del árbol.

10. LAS COMADRES EN EL PURGATORIO (Dioneo). Tingoccio y Meuccio tienen el pacto de que el que primero muera regresará a decirle a otro lo que sucede en el más allá. Tingoccio muere y se aparece al otro dicendo que está en el purgatorio por otros pecados pero que allí no tienen en cuenta lo de acostarse con comadres. Dioneo entrega a Lauretta la corona y ésta dice que aunque en justa represalia, cree que debería dedicar su reinado a las burlas que los hombres hacen de las mujeres, prefiere que el tema sea simplemente las burlas que hacen tanto los unos como los otros.
SELECCIÓN DE TEXTOS PARA LEER Y COMENTAR DE LA JORNADA VII

INTRODUCCIÓN DE LA JORNADA VII (fragmento)

Y nunca hasta entonces les había parecido que los ruiseñores cantaban tan alegremente y los otros pájaros como aquella mañana les parecía; por cuyos cantos acompañados se fueron al Valle de las Damas, donde, recibidos por muchos más, les pareció que con su llegada se alegrasen. Allí, dando una vuelta por él y volviendo a mirarlo de arriba abajo, tanto más bello les pareció que el día pasado cuanto más conforme era con su belleza la hora del día.

Y luego de que con el buen vino y los dulces hubieron roto el ayuno para que por los pájaros no fuesen superados, comenzaron a cantar, y junto con ellos el valle, siempre entonando las mismas canciones que decían ellos a las que todos los pájaros, como si no quisiesen ser vencidos, dulces y nuevas notas añadían. Mas luego que la hora de comer fue venida, puestas las mesas bajo los frondosos laureles y los otros verdes árboles, junto al bello lago, como plugo al rey, fueron a sentarse, y mientras comían veían a los peces nadar por el lago en anchísimos bancos; lo que, tanto como de mirar daba a veces motivo para conversar.

NOVELA SEGUNDA (fragmento 1)

Con grandísima risa fue la historia de Emilia escuchada y la oración como buena y santa elogiada por todos, siendo llegado el fin de la cual mandó el rey a Filostrato que siguiera, el cual comenzó:

-Carísimas señoras mías, son tantas las burlas que los hombres os hacen y especialmente los maridos, que cuando alguna vez sucede que alguna al marido se la haga, no debíais vosotras solamente estar contentas de que ello hubiera ocurrido, o de enteraros de ello o de oírlo decir a alguien, sino que deberíais vosotras mismas irla contando por todas partes, para que los hombres conozcan que si ellos saben, las mujeres por su parte, saben también; lo que no puede sino seros útil porque cuando alguien sabe que otro sabe, no se pone a querer engañarlo demasiado fácilmente. ¿Quién duda, pues, que lo que hoy vamos a decir en torno a esta materia, siendo conocido por los hombres, no sería grandísima ocasión de que se refrenasen en burlaros, conociendo que vosotras, si queréis, sabríais burlarlos a ellos? Es, pues, mi intención contaros lo que una jovencita, aunque de baja condición fuese, casi en un momento, para salvarse hizo a su marido.

NOVELA SEGUNDA (fragmento 2)

No hace casi nada de tiempo que un pobre hombre, en Nápoles, tomó por mujer a una hermosa y atrayente jovencita llamada Peronella; y él con su oficio, que era de albañil, y ella hilando, ganando muy escasamente, su vida gobernaban como mejor podían. Sucedió que un joven galanteador, viendo un día a esta Peronella y gustándole mucho, se enamoró de ella, y tanto de una manera y de otra la solicitó que llegó a intimar con ella. Y para estar juntos tomaron el acuerdo de que, como su marido se levantaba temprano todas las mañanas para ir a trabajar o a buscar trabajo, que el joven estuviera en un lugar de donde lo viese salir; y siendo el barrio donde estaba, que Avorio se llama, muy solitario, que, salido él, éste a la casa entrase; y así lo hicieron muchas veces. Pero entre las demás sucedió una mañana que, habiendo el buen hombre salido, y Giannello Scrignario , que así se llamaba el joven, entrado en su casa y estando con Peronella, luego de algún rato (cuando en todo el día no solía volver) a casa se volvió, y encontrando la puerta cerrada por dentro, llamó y después de llamar comenzó a decirse: -Oh, Dios, alabado seas siempre, que, aunque me hayas hecho pobre, al menos me has consolado con una buena y honesta joven por mujer. Ve cómo enseguida cerró la puerta por dentro cuando yo me fui para que nadie pudiese entrar aquí que la molestase.

Peronella, oyendo al marido, que conoció en la manera de llamar, dijo:

-¡Ay! Giannelo mío, muerta soy, que aquí está mi marido que Dios confunda, que ha vuelto, y no sé qué quiere decir esto, que nunca ha vuelto a esta hora; tal vez te vio cuando entraste. Pero por amor de Dios, sea como sea, métete en esa tinaja que ves ahí y yo iré a abrirle, y veamos qué quiere decir este volver esta mañana tan pronto a casa.

NOVELA TERCERA (fragmento)

Pero ¿qué estoy yo diciendo del fray Rinaldo de que hablamos? ¿Quiénes son los que no hacen lo mismo? ¡Ay, vituperio del perdido mundo! No se avergüenzan de aparecer gordos, de aparecer con el rostro encarnado, de aparecer refinados en los vestidos y en todas sus cosas, y no como palomas sino como gallos hinchados con la cresta levantada encopetados proceden; y lo que es peor, dejemos el que tengan sus celdas llenas de tarros colmados de electuario y de ungüentos, de cajas de varios dulces llenas, de ampollas y de redomitas con aguas destiladas y con aceites, de frascos con malvasía y con vino griego y con otros desbordantes, hasta el punto de que no celdas de frailes sino tiendas de especieros o de drogueros parecen mayormente a los que las ven; no se avergüenzan ellos de que los demás sepan que son golosos, y se creen que los demás no saben y conocen que los muchos ayunos, las comidas ordinarias y escasas y el vivir sobriamente haga a los hombres magros y delgados y la mayoría de las veces sanos; y si a pesar de todo los hacen enfermos, al menos no enferman de gota, para la que se suele dar como medicamento la castidad y todas las demás cosas apropiadas a la vida de un modesto fraile. Y se creen que los demás no conocen que además de la vida austera, las vigilias largas, el orar y el disciplinarse deben hacer a los hombres pálidos y afligidos, y que ni Santo Domingo ni San Francisco, sin tener cuatro capas cada uno, no de lanilla teñida ni de otros paños señoriles, sino hechos con lana gruesa y de natural color, para protegerse del frío y no para aparentar se vestían. ¡Que Dios los ayude como necesitan las almas de los simples que los alimentan!

Así pues, vuelto fray Rinaldo a sus primeros apetitos, comenzó a visitar con mucha frecuencia a su comadre; y habiendo crecido su arrogancia, con más instancias que antes lo hacía comenzó a solicitarle lo que deseaba de ella.

NOVELA CUARTA (fragmento 1)

El rey, al sentir que terminaba la novela de Elisa, sin esperar más, volviéndose hacia Laureta, le mostró que le placía que ella narrase; por lo que ella, sin tardar, así comenzó a decir:

-¡Oh, Amor, cuántas y cuáles son tus fuerzas, cuántos los consejos y cuántas las invenciones! ¿Qué filósofo, qué artista habría alguna vez podido o podría mostrar esas sagacidades, esas invenciones, esas argumentaciones que inspiras tú súbitamente a quien sigue tus huellas? Por cierto que la doctrina de cualquiera otro es tarda con relación a la tuya, como muy bien comprender se puede en las cosas antes mostradas; a las cuales, amorosas señoras, yo añadiré una, puesta en práctica por una mujercita tan simple que no sé quién sino Amor hubiera podido mostrársela.

NOVELA CUARTA (fragmento 2)

Hubo hace tiempo en Arezzo un hombre rico, el cual fue llamado Tofano . A éste le fue dada por mujer una hermosísima mujer cuyo nombre fue doña Ghita, de la cual él, sin saber por qué, pronto se sintió celoso, de lo que apercibiéndose la mujer sintió enojo; y habiéndole preguntado muchas veces sobre la causa de sus celos y no habiéndole sabido señalar él sino las generales y malas , le vino al ánimo a la mujer hacerlo morir del mal que sin razón temía. Y habiéndose apercibido de que un joven, según su juicio muy de bien, la cortejaba, discretamente comenzó a entenderse con él; y estando ya las cosas tan avanzadas entre él y ella que no faltaba sino poner en efecto las palabras con obras, pensó la señora encontrar semejantemente un modo para ello.

Y habiendo ya conocido entre las malas costumbres de su marido que se deleitaba bebiendo, no solamente comenzó a alabárselo sino arteramente a invitarle a ello muy frecuentemente. Y tanto tomó aquello por costumbre que casi todas las veces que le venía en gana lo llevaba a embriagarse bebiendo; y cuando lo veía bien ebrio, llevándolo a dormir, por primera vez se reunió con su amante y luego seguramente muchas veces continuó encontrándose con él, y tanto se confió en las embriagueces de éste, que no solamente había llegado al atrevimiento de traer a su amante a casa sino que ella a veces se iba con él a estarse gran parte de la noche en la suya, la cual no estaba lejos de allí.

NOVELA CUARTA (fragmento 3)

La mujer a sus vecinos les decía:

-¡Ved qué hombre! ¿Qué pensaríais si yo estuviera en la calle como está él y él estuviese en casa como estoy yo? Por Dios que dudo que no creyeseis que dice la verdad: bien podéis ver el seso que tiene. Dice que he hecho lo que yo creo que ha hecho él. Creyó que me asustaría arrojando no sé qué al pozo, pero quisiera Dios que se hubiese tirado él de verdad y ahogado, que el vino que ha bebido de más se habría aguado muy bien.

Los vecinos, hombres y mujeres, comenzaron todos a reprender a Tofano y a echarle la culpa a él y a insultarle por lo que decía contra su mujer; y en breve tanto anduvo el rumor de vecino en vecino que llegó hasta los parientes de la mujer. Los cuales llegados allí, y oyendo la cosa a un vecino y a otro, cogieron a Tofano y le dieron tantos palos que lo dejaron molido; luego, entrando en la casa, tomaron las cosas de la mujer y con ella se volvieron a su casa, amenazando a Tofano con cosas peores. Tofano, viéndose malparado y que sus celos le habían llevado por mal camino, como quien bien quería a su mujer, recurrió a algunos amigos de intermediarios; y tanto anduvo, que en paz volvió a llevarse la mujer a su casa, a la que prometió no ser celoso nunca más; y además de ello, le dio licencia para que hiciese cuanto gustase, pero tan prudentemente que él no se apercibiera. Y así, a modo del tonto villano quedó cornudo y apaleado. Y viva el amor (y muera la avaricia) y viva la compañía.

NOVELA QUINTA (fragmento1)

-Nobilísimas señoras, la precedente historia me lleva a razonar, semejantemente, sobre un celoso, estimando que lo que sus mujeres les hacen, y máximamente cuando tienen celos sin motivo está bien hecho. Y si todas las cosas hubiesen considerado los hacedores de las leyes, juzgo que en esto deberían a las mujeres no haber adjudicado otro castigo sino el que adjudicaron a quien ofende a alguien defendiéndose: porque los celosos son hostigadores de la vida de las mujeres jóvenes y diligentísimos procuradores de su muerte. Están ellas toda la semana encerradas y atendiendo a las necesidades familiares y domésticas. Deseando, como todos hacen, tener luego los días de fiesta alguna distracción, algún reposo, y poder disfrutar algún entretenimiento como lo toman los labradores del campo, los artesanos de la ciudad y los regidores de los tribunales, como hizo Dios cuando el día séptimo descansó de todos sus trabajos, y como lo quieren las leyes santas y las civiles, las cuales al honor de Dios y al bien común de todos mirando, han distinguido los días de trabajo de los de reposo. A la cual cosa en nada consienten los celosos, y aquellos días que para todas las otras son alegres, a ellas, teniéndolas más encerradas y más recluidas, hacen sentir más míseras y dolientes; lo cual, cuánto y qué consunción sea para las pobrecillas sólo quienes lo han probado lo saben. Por lo que, concluyendo, lo que una mujer hace a un marido celoso sin motivo, por cierto no debería condenarse sino alabarse.

NOVELA QUINTA (fragmento 2)

La mujer se echó a reír y dijo:

-Me agrada mucho cuando a un hombre sabio lo lleva una mujer simple como se lleva a un borrego por los cuernos al matadero; aunque tú no eres sabio ni lo fuiste desde aquel momento en que dejaste entrar en el pecho al maligno espíritu de los celos sin saber por qué; y cuanto más tonto y animal eres mi gloria es menor. ¿Crees tú, marido mío, que soy ciega de los ojos de la cara como tú lo eres de los de la mente? Cierto que no; y mirando supe quién fue el cura que me confesó y sé que fuiste tú; pero me propuse darte lo que andabas buscando y te lo di. Pero si hubieses sido sabio como crees, no habrías de aquella manera intentado saber los secretos de tu honrada mujer, y sin sentir vanas sospechas te habrías dado cuenta de que lo que te confesaba era la verdad sin que en ella hubiera nada de pecado. Te dije que amaba a un cura; ¿y no eras tú, a quien equivocadamente amo, cura? Te dije que ninguna puerta de mi casa podía estar cerrada cuando quería acostarse conmigo; ¿y qué puerta te ha resistido alguna vez en tu casa donde allí donde yo estuviera has querido venir? Te dije que el cura se acostaba conmigo todas las noches; ¿y cuándo ha sido que no te acostases conmigo? Y cuantas veces me mandaste a tu monaguillo, tantas sabes, cuantas no estuviste conmigo, te mandé a decir que el cura no había estado. ¿Qué otro desmemoriado sino tú, que por los celos te has dejado cegar, no habría entendido estas cosas? ¡Y te has estado en casa vigilando la puerta y crees que me has convencido de que te has ido fuera a cenar y a dormir! ¡Vuelve en ti ya y hazte hombre como solías ser y no hagas hacer burla de ti a quien conoce tus costumbres como yo, y deja esa severa guarda que haces, que te juro por Dios que si me vinieran ganas de ponerte los cuernos, si tuvieras cien ojos en vez de dos, me daría el gusto de hacer lo que quisiera de guisa, que tú no te enterarías!

El desdichado celoso, a quien le parecía haberse enterado muy astutamente del secreto de la mujer, al oír esto se tuvo por burlado; y sin responder nada tuvo a la mujer por sabia y por buena, y cuando tenía que ser celoso se despojó de los celos, así como se los había vestido cuando no tenía necesidad de ellos. Por lo que la discreta mujer, casi con licencia para hacer su gusto, sin hacer venir a su amante por el tejado como los gatos sino por la puerta, discretamente obrando luego, muchas veces se dio con él buenos ratos y alegre vida.

NOVELA OCTAVA (fragmento 1)

Debéis, pues, saber que en nuestra ciudad hubo un riquísimo mercader llamado Arriguccio Berfinghieri , el cual neciamente, tal como ahora hacen cada día los mercaderes, pensó ennoblecerse por su mujer y tomó a una joven señora noble (que mal le convenía) cuyo nombre fue doña Sismonda. La cual, porque él tal como hacen los mercaderes andaba mucho de viaje y poco estaba con ella, se enamoró de un joven llamado Roberto que largamente la había cortejado; y habiendo llegado a tener intimidad con él, y teniéndola menos discretamente porque sumamente le deleitaba, sucedió (o porque Arriguccio oyese algo o como quiera que fuese) que se hizo el hombre más celoso del mundo y dejó de ir de viaje y todos sus demás negocios, y toda su solicitud la había puesto en guardar bien a aquélla, y nunca se hubiera dormido si no la hubiese sentido antes meterse en la cama; por la cual cosa la mujer sintió grandísimo dolor, porque de ninguna guisa podía estar con su Roberto. Pero habiendo dedicado muchos pensamientos a encontrar algún modo de estar con él, y siendo también muy solicitada por él, le vino el pensamiento de hacer de esta manera: que, como fuese que su alcoba daba a la calle y ella se había dado cuenta muchas veces de que a Arriguccio le costaba mucho dormirse, pero que después dormía profundísimamente, ideó hacer venir a Roberto a la puerta de su casa a medianoche e ir a abrirle y estarse con él mientras su marido dormía profundamente.

NOVELA OCTAVA (fragmento 2)

Su madre, oyendo estas palabras, comenzó a alborotarse y a decir:

-Por la cruz de Cristo, hija mía, eso no debía hacerse sino que debía matarse a ese perro fastidioso y desconsiderado, que no es digno de tener una tal moza como tú. ¡Bueno está! ¡Ni aunque te hubiese recogido del fango! Mal rayo le parta si debes aguantar las podridas palabras de un comerciantucho en heces de burro que vienen del campo y salen de las pocilgas vestidos de pardillo con las calzas de campana y con la pluma en el culo y en cuanto tienen tres sueldos quieren a las hijas de los gentileshombres y de las buenas damas por mujeres, y usan armas y dicen: «Soy de los tales» y «Los de mi casa hicieron esto». Bien querría que mis hijos hubiesen seguido mi consejo, que tan honorablemente te podían colocar en casa de los condes Guido por un pedazo de pan ; y en cambio quisieron darte esta valiosa joya que, siendo tú la mejor moza de Florencia y la más honesta, no se ha avergonzado de decir a medianoche que eres una puta, como si no te conociésemos; pero a fe que si me hiciesen caso se le haría un escarmiento que lo pudriese. -Y volviéndose a sus hijos, dijo-: Hijos, bien os decía yo que esto no podía ser. ¿Habéis oído cómo vuestro cuñado trata a vuestra hermana, ese comerciantuelo de cuatro al cuarto? Que, si yo fuese vosotros, habiendo dicho lo que ha dicho de ella y haciendo lo que hace, no estaría contenta ni satisfecha mientras no lo hubiera quitado de en medio; y si yo fuese hombre en vez de mujer no querría que otro en mi lugar lo hiciese. ¡Señor, haz que le pese, borracho asqueroso que no tiene vergüenza!

NOVELA NOVENA (fragmento)

La camarera consoló a la señora y, buscando a Pirro, lo encontró alegre y bien dispuesto, y así le dijo:

-Pirro, yo te mostré pocos días ha en qué gran fuego tu señora y mía está por el amor que te tiene, y ahora otra vez te lo repito, que si tú en la dureza que el otro día mostraste sigues, vive seguro de que vivirá poco; por lo que te ruego que te plazca consolarla en su deseo; y si en tu obstinación continuases emperrado, cuando yo por sabio te tenía, te tendré por un bobalicón. ¿Qué gloria puede serte mayor que una tal señora, tan hermosa, tan noble, tan rica, te ame sobre todas las cosas? Además de esto, ¡cuán obligado debes sentirte a tu fortuna pensando que te ha puesto delante tal cosa, para los deleites de tu juventud apropiada, y aun semejante refugio para tus necesidades! ¿Qué semejante tuyo conoces que en cuanto a deleite esté mejor que tú estarás, si eres sabio? ¿Cuál otro encontrarás que en armas, en caballos, en ropas y en dineros pueda estar como tú estarás, si quieres concederle tu amor? Abre, pues, el ánimo a mis palabras y vuelve en ti; acuérdate de que puede suceder sólo una vez que la fortuna salga a tu encuentro con rostro alegre y con los brazos abiertos; la cual, quien entonces no sabe recibirla, al hallarse luego pobre y mendigo, de sí mismo y no de ella debe quejarse. Y además de esto, no se debe la misma lealtad usar entre los servidores y los señores que se usa entre los amigos y los parientes; tal deben tratarlos los servidores, en lo que pueden, como son tratados por ellos. ¿Esperas tú, si tuvieses mujer hermosa o madre o hija o hermana que gustase a Nicostrato, que él iba a tropezar en la lealtad que quieres tú guardarle con su mujer? Necio eres si lo crees; ten por cierto que si las lisonjas y los ruegos no bastasen, fuera lo que fuese lo que pudiera parecerte, usaría la fuerza. Tratemos, pues, a ellos y a sus cosas como ellos nos tratan a nosotros y a las nuestras; toma el beneficio de la fortuna, no la alejes; sal a su encuentro y recíbela cuando viene, que por cierto si no lo haces, dejemos la muerte que sin duda seguirá de tu señora, pero tú te arrepentirás tantas veces que querrías morirte.

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